Sorprendidos por su gloria
José y María se habían dirigido a Belén para inscribirse en el censo que realizaban las autoridades del gobierno romano. Durante su estadía María había comenzado con su trabajo de parto y debió refugiarse en un pesebre, pues no había en el pueblo ninguna habitación disponible. Mientras la pareja vivía estos momentos de profundo dramatismo, había, «en la misma región, pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche. Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor» (8, 9).
¿Por que resaltamos este hecho? Porque es importante entender que no habían actuado de manera extraordinaria para merecer esta visitación de Dios. Es una verdad difícil de aceptar para nosotros, que creemos que indefectiblemente el Señor responde a nuestras expresiones de devoción con demostraciones de su poder y presencia en nuestro medio. La verdad que nos presentan las Escrituras es otra: La mayoría de las veces que Dios escogió manifestarse a alguien lo hizo en forma absolutamente soberana e independiente del interés o la falta de interés de la persona. En la gran mayoría de los casos él se presentó a personas que no estaban interesadas en su manifestación, un dato que debería llevarnos a pasar más tiempo ocupados en lo que hemos sido llamados a cumplir y menos tiempo ¡clamando para que él se manifieste en nuestro medio! El Señor vio algo que le agradó en los pastores pero, al igual que David, ellos no sabían que él había fijado sus ojos sobre ellos.
Una segunda observación es que la manifestación de la gloria de Dios no produjo ningún éxtasis espiritual en ellos. Al contrario, la Palabra dice que fueron llenos de temor. Se asustaron, tuvieron miedo, porque lo que contemplaban era infinitamente más grande y poderoso que lo que jamás habían experimentado en la vida. Al igual que la multitud de otras personas, en las Escrituras, que fueron visitadas por el Señor, ellos no podían aguantar el resplandor de su gloria.
Quizás esta sea una de las razones principales por las que esta clase de experiencias son tan poco comunes en la vida de los santos. No solamente son demasiado intensas para nuestra frágil condición humana, sino que podrían distraernos de la verdadera naturaleza de la vida espiritual, que se vive con fidelidad en medio de la rutina de cada día. Aún en la vida de Cristo mismo solamente conocemos de dos situaciones en que tuvo una visitación sobrenatural del Padre: en el bautismo y el monte de transfiguración. Un ángel inmediatamente apareció en medio de ellos.
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