Un corazón como el del Padre
«Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia.» En esta bienaventuranza tenemos una de las más claras evidencias de que es Dios el que está obrando transformación en la vida y no la persona misma. La misericordia se refiere específicamente a una sensibilidad al dolor de otros que, a su vez, produce un deseo de aportar alivio al afligido. No cabe duda de que esta postura refleja el carácter de nuestro Dios, pues la misericordia tiene que ver con un corazón compasivo, bondadoso y tierno. No mide si la otra persona es merecedora de nuestra socorro, sino que se da a sí mismo por el bien del otro.
Conforme a la progresión espiritual que hemos notado, es natural que esta actitud de misericordia sea fruto del hambre y sed de justicia. Esa necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios mismo. La cercanía a su persona, sin embargo, no solamente sacia las necesidades de nuestra alma, sino que comienzan a contagiarnos de la misma visión que Dios tiene de las personas. Ya no juzgamos con dureza a aquellos que están en situaciones difíciles, condenándolos porque vemos en sus vidas las claras consecuencias del pecado. Más bien, comenzamos a comprender que son personas atrapadas en un sistema maligno, enceguecidas por las tinieblas de este mundo, que necesitan con desesperación que alguien se les acerque para indicarles el camino hacia la luz y la vida.
Jesús no dijo, en ningún momento, que aprobaba la práctica del adulterio. Sin embargo, demostró compasión al afirmar que no la condenaba, aunque era digna de condenación. De la misma manera, Simón el fariseo se mostró horrorizado que el Maestro permitiera que una mujer pecadora tocara a Jesús (Lc 7). ¡Un fariseo jamás hubiera tenido contacto con esta clase de persona! Jesús, no obstante, le extendió la bondadosa compasión de Dios y fue, literalmente, transformada en otra persona. En esa ocasión Jesús señalaría que «el que mucho ama, mucho ha sido perdonado» confirmando que la misericordia es, en efecto, la consecuencia de reconocer nuestra propia pobreza de espíritu. Por esto necesitamos que nos recuerde a diario lo mucho que nos ha amado.
En varios momentos durante su peregrinaje Cristo le recordó a los discípulos que Dios sería generoso con aquellos que eran generosos. El principio es claro: todos hemos recibido la invitación a ser parte del reino. Pero una vez que hemos sido integrados a él, es inadmisible que no tengamos la misma actitud de misericordia hacia los demás que se nos ha concedido a nosotros. ¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán aún mayores demostraciones de misericordia!
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