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Liderazgo

¿Dios encajonado?

15 julio, 2005488 visitas

Generalmente, quien no es miembro de alguna iglesia demuestra, sin embargo, cierta reverencia hacia Dios. Esto se suele apreciar en un genuino respeto por la persona de Cristo, aun cuando nunca haya considerado seriamente las demandas del Evangelio. Pero lo que más suele rechazar ese hombre de las iglesias cristianas es el espíritu exclusivista que muchas de ellas muestran. Tal parece que muchas iglesias creen haber capturado, domesticado y entrenado a Alguien que es, en realidad, demasiado grande para ser metido en cajas con bonitos rótulos hechos por los hombres. Esto es lo que siente y piensa, aunque no lo diga, el que está afuera de las congregaciones.


Las iglesias parecen decirles: «Si tú puedes saltar por nuestros aros particulares y seguir nuestras propias líneas, entonces te presentaremos a Dios; pero de otro modo, no hay Dios para ti». A este tipo de persona le parece una estupidez arrogante y carente de sentido esta actitud sectaria; siente y piensa que en verdad si hay un Dios, El debe de estar tanto en el hogar como en la calle, en el café y en el taller. Y si es cierto que Dios se interesa por él, deseando que él lo ame y lo sirva, entonces Dios seguramente está disponible tanto para él como para cualquier ser humano, pobre o rico, blanco o negro, sin necesidad de «intermediarios profesionales» o «gestores». Si Dios es Dios, es grande, generoso y magnífico, y no es posible encerrarlo en una caja -o un edificio.


Por supuesto, es fácil salir en defensa de las instituciones, señalando que cada grupo debe organizarse para ser eficiente, que cada sociedad debe tener sus reglas, y que Cristo mismo fundó su Iglesia. Todo esto está muy bien, pero si algunas iglesias dan la impresión de que Dios obra sólo por medio de ellas y desprecian a todas las demás, entonces no es sorprendente que la gente encuentre que la versión de Dios de estos grupos es deforme e inadecuada.


Claro está que los creyentes de cualquier grupo repudiarían la idea de que el Dios que predican es el mejor y único, el más acabado modelo de Dios, y no deseo de ninguna manera insinuar que tal actitud sea a propósito. También es probable que la diferencia de opiniones en algunas cosas continúe hasta el Día del Juicio, lo que no es necesariamente malo. En cambio, es un pecado grave y condenable considerar a Dios como líder partidista, de un punto de vista determinado.


Lo que molesta al «de afuera» es la pretensión exclusivista de cada iglesia qué se considera a sí misma «la única verdadera». ¿Acaso no dijo Cristo «Por sus frutos los conoceréis»? Si uno pudiera comprobar que la iglesia con mayores pretensiones en cuanto a su autenticidad es la que produce el carácter más cristiano, más lleno del Espíritu Santo en sus miembros, tal vez sus pretensiones serían tolerables. Pero el hecho es que ninguna denominación tiene el monopolio de la gracia de Dios, y ninguna tiene una receta exclusiva para producir una saludable influencia cristiana en su ambiente. Para cualquier observador neutral, es evidente que Dios no hace caso de los marbetes y etiquetas: «El Espíritu sopla donde quiere» y no se sujeta a ninguna regla humana.


El «de afuera» no puede entender nuestras divisiones, ni el por qué los cristianos no pueden unirse. El problema de la unión y del ecumenismo es sin duda complicado; pero se hace verdaderamente insoluble sólo cuando las diferentes instituciones quieren que su Dios sea católico romano, metodista, nazareno, pentecostal, bautista, hermano libre, presbiteriano, adventista, etcétera. Si todos los cristianos pudiéramos superar esta idea tan mezquina y pequeña de Dios, y ver al verdadero Dios como el Señor y Salvador de nuestras almas, tendríamos que llorar de arrepentimiento y, al mismo tiempo, …reímos de nosotros mismos. El resultado final sería una unidad que, sin hacer desaparecer las diferencias, sí las vencería, trascendiéndolas, en lugar del actual panorama, en el que nos ignoramos mutuamente y con frecuencia nos tratamos con una cortesía en público que apenas disimula el desprecio en lo privado. Que nuestro gran Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo nos permita la clase de unidad que no anula las diferencias, sino que las sobrepasa. ¡Amén!


Apuntes Pastorales
Volumen VIII Número 6

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