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Vida Cristiana

Dios, tenemos que hablar (Segunda parte)

1 junio, 20101234 visitas

Nueve llaves para revitalizar su vida de oración

Entréguele la crisis a Dios

Pensemos en las respuestas más espectaculares que hemos recibido producto de la oración. ¿Acaso no han venido cuando ya hemos agotado nuestras fuerzas y no ya no podemos hacer nada al respecto? Es en ese momento cuando Dios puede mostrar su poder. Me ha tomado días, incluso semanas, trabajar en numerosos dilemas, pero algunas veces, especialmente en medio de una crisis, para lo único que he tenido tiempo es para expresar, llena de temor, un «¡Dios mío!». Eso fue todo lo que pude hacer cuando en una ocasión un automóvil perdió el control y se detuvo justo frente a nosotros. Por pocos centímetros el automóvil no nos golpeó.

«Entonces, ¿por qué oramos si nuestras oraciones no pueden mover a Dios a cambiar de parecer?» —le pregunté.

Pero, en otra tarde lluviosa, cerca de nuestra casa, un auto patinó e invadió nuestro carril —y nos golpeó incluso cuando exclamé la misma oración. No sé por qué Dios algunas veces decide intervenir y en otras permite que sobrevenga una crisis. Pero sí sé que el Señor está con nosotros, incluso en las calamidades. La mañana antes de morir, mi esposo me rogó: «Solo recuerda, San, que el Señor nunca nos prometió un camino fácil, pero sí prometió que siempre iba a estar con nosotros en ese sendero». Algunos días, esa verdad es lo único que nos ayuda a salir adelante.

Podemos orar, incluso cuando nos sentimos sin fuerzas. Mi tía Ada estuvo paralizada durante los últimos cinco años de su vida y en los últimos dos perdió la habilidad del habla. Mi madre la cuidó durante ese tiempo —la bañaba, la movía, la alimentaba. También desafió a tía Ada a aceptar un ministerio de oración especial. Le expresó que la familia necesitaba las oraciones que ella podía todavía ofrecer en su mente.

Cuando mi madre se daba cuenta de que había alguna necesidad en particular, la compartía con tía Ada y esperaba a que ella parpadeara para asegurarse de que había entendido. Mis hijos y yo muchas veces disfrutamos de esas oraciones específicas —en particular cuando volábamos para ir a visitarlos. Tan pronto como llegábamos a casa de mis padres, íbamos a la cama de tía Ada, en la sala de estar, nos inclinábamos para besar su frente y agradecerle por sus oraciones. A menudo añadíamos detalles especiales; por ejemplo, como pudimos tomar el segundo avión a pesar de que el primero se había retrasado. Los ojos de tía Ada brillaban cuando escuchaba los pormenores.

El Señor libró a tía Ada de su cansado cuerpo el año pasado, pero extrañamos sus oraciones. A menudo pienso cómo ellas intervinieron en nuestras agendas tan apretadas, pero también pienso cómo estas oraciones la afectaron a ella misma. Aun en medio de su dolor, tía Ada poseía una gracia y una paz que no son comunes en una persona atada a un cuerpo paralizado y adolorido. Tal vez su constante oración la envolvió en la gracia de Dios.

Confíe en la soberanía de Dios mientras ora

Después de que el cáncer cerebral de mi esposo desapareciera inesperadamente, me atreví a preguntarle si pensaba que todas las oraciones a favor de él habían movido a Dios a cambiar de idea. Don levantó su cabeza hacia el sol de la mañana, mientras me manifestaba que no.

«Entonces, ¿por qué oramos si nuestras oraciones no pueden mover a Dios a cambiar de parecer?» —le pregunté.

Se volvió para darme una de sus miradas bondadosas y pacientes. «Para mostrar nuestra sumisión al Maestro».

Esa escena se ha quedado en mi cabeza, incluso en estos catorce años que han transcurrido desde la muerte de Don. Me ayuda a recordar que no conocemos el futuro cuando oramos. Todo lo que nos toca es confiar en aquel que sí lo conoce.

Desde esa noche, he reflexionado en numerosas ocasiones acerca de por qué Dios no siempre responde en la forma en que pedimos.Incluso en las pérdidas, busque algo por lo cual debe estar agradecido

Después de la muerte de Don, me propuse que, aunque Jay, de diez años, y Holly, de ocho años, habían perdido a su padre físicamente, no iban a perder a su madre emocionalmente. Por eso, cada noche mientras los llevaba a la cama, les preguntaba si querían hablar acerca de algo antes de orar juntos. Algunas veces Jay compartía algún recuerdo especial de su padre o me hacía una pregunta sobre el funeral. Pero Holly no. Incluso después de dos semanas, no había llorado ni me había hecho ninguna pregunta. Empecé a pedirle a mis amigos que oraran para que ella se abriera.

Poco tiempo después, mientras la arropaba y le preguntaba, según mi rutina, si deseaba preguntarme algo, ella me respondió: «Sí, tengo una pregunta. Cuando orábamos por papá, ¿acaso Dios no nos escuchó?».

¡Oh, por Dios! Con esa única pregunta, exteriorizó el llanto de su corazón.

Mentalmente elevé una rápida oración, luego empecé la explicación más difícil que he intentado dar.

Le conté a Holly sobre mi abuelo Ted, quien había fallecido después de que su pierna se lastimara gravemente en una mina de carbón. Tan solo tenía veintidós años y dejaba a tres hijos, todos menores de cuatro años. Luego le hablé acerca del regalo que Dios nos había dado: dieciséis meses adicionales, a pesar de que los doctores le habían dicho a su padre que tan solo le quedaban unas cuantas semanas de vida. Le compartí que él pudo haber muerto durante el primer cáncer, cuando ella tan solo tenía tres años de edad.

Cuando terminé de hablar, le pregunté a Holly si sentía ganas de orar esa noche. Ella afirmó con su cabeza y oró: «Gracias, Dios, porque papi murió ahora en lugar de cuando yo era más pequeña».

Desde esa noche, he reflexionado en numerosas ocasiones acerca de por qué Dios no siempre responde en la forma en que pedimos. Todavía no tengo una solución. Todo lo que sé es que él quiere que sigamos hablando con él y que no oremos al aire.

Sobre la autora:
Sandra P. Aldrich es editora colaboradora de la revista Today’s Christian Woman. También ha escrito varios libros como Men Read Newspapers, Not Minds [Los hombres leen el diario, no las mentes], y Kids Fight When the Phone Rings [Los niños pelean cuando el teléfono suena].

Título del original: Change the Way You Talk to God. Se tomó y adaptó de Today’s Christian Woman. Derechos reservados © 1997 por Christianity Today International. Los derechos de la traducción al español pertenecen a Desarrollo Cristiano Internacional © 2010. Se publicó en Apuntes Patorales XXVII-5, derechos reservados.

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llegado el momento da su fruto,
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Salmo 1:3 RVC