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Liderazgo

El lugar perfecto: Teresa de Ávila

5 diciembre, 20111171 visitas

¿Dónde celebrar una boda? En una iglesia antigua, un jardín, la casa de los padres, un salón de fiestas, la playa, un castillo o una cabaña en el bosque. ¿Y qué tal un convento?

En los conventos se realizaron muchas bodas. Las novicias debían presentar sus votos y «casarse» con el Señor, a quien servían el resto de sus vidas. Los novelistas favorecen a las monjas fugitivas que renunciaron a sus votos por amor a un hombre, pero la historia nos presenta a muchas siervas de Cristo que dedicaron su vida entera a la meditación, la oración y el estudio bíblico.

Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en el centro de España en 1515, pasó sus primeros años rodeada de su familia, dedicada a los quehaceres propios de una joven de su edad. A los veintiuno, en contra de los deseos de su padre, tomó sus votos en el convento de la Encarnación en Ávila, e ingresó a la orden de las carmelitas.

Este convento se caracterizaba por su laxitud. Las monjas podían conservar sus tesoros materiales, así como mantener contacto con las personas del exterior. Teresa aprovechó la libertad que se le ofrecía y, como ella misma diría años después, su vida espiritual se caracterizó por altos y bajos.

Una larga enfermedad la mantuvo tres años en cama, donde leyó los clásicos espirituales de la época, pero sin grandes resultados. Por cuarenta años navegó por un tumultuoso mar con tropiezos y victorias. Tal vez, en ese momento, nada en ella reflejaba la profundidad que conseguiría tiempo después.

Entonces un día, caminando por el pasillo del convento, sus ojos se posaron sobre la estatua de Cristo y la visión de su amor atravesó su corazón. Gentil, pero poderosamente, el Señor Jesús empezó a romper sus defensas y a mostrarle la causa de su cansancio espiritual: seguía amando los deleites del pecado. De inmediato, cortó los lazos con su pasado y experimentó una especie de «segunda conversión».

Empezó a recibir visiones místicas, aunque estas no duraban mucho. Y por el resto de su vida, se consagró al crecimiento espiritual y a la renovación de los monasterios carmelitas. Su sueño era establecer conventos donde las mujeres jóvenes buscaran una vida de devoción. Escribió: «Quien no haya empezado la práctica de la oración, le ruego por el amor del Señor que no prescinda de tan grande bien. No hay en ello nada que temer, sino que desear».

Convenció a Juan de la Cruz, otro místico de su época, a unirse en su trabajo por reformar los conventos carmelitas. Algunas de las cualidades que la ayudaron a fundar catorce monasterios fueron: un don natural de liderazgo, tenacidad frente a la adversidad y un fino sentido del humor.

Hasta que se lo ordenaron, empezó a escribir. Sus tres obras: Autobiografía, Camino a la perfección y El castillo interior, contienen profundas enseñanzas sobre la vida espiritual. Aun dentro de un convento, ella imaginó la comunión con Dios como un castillo, hecho de diamante y cristal con muchos cuartos, algunos arriba, otros abajo, otros en los lados, en cuyo centro se encuentra la morada principal donde Dios y el alma se comunican.

Para Teresa, la fuente de la vida se hallaba en la oración: «No que la oración sea todo, pero sin la oración, nada es posible. Por medio de la oración uno avanza de la primera habitación hasta la séptima». Y a diferencia de otros místicos, para Teresa el verdadero sufrimiento, que mueve el alma al centro del castillo, proviene de estar en el mundo y servir a los demás.

Su sabiduría se observa en las siguientes admoniciones: «Es importante asociarnos con aquellos que transitan el camino correcto. Aquellos que se han acercado a Dios tienen la habilidad de traernos más cerca de él, porque en un sentido, nos llevan con ellos».

«No pienses que debes parar de hacer tu trabajo para orar» —advertía. Se refería, como el hermano Lawrence escribiría más adelante, a la posibilidad de trabajar y orar, orar y trabajar, dos actividades simultáneas y benéficas.

En sus últimos años, su salud se quebrantó, así como su reputación con autoridades eclesiásticas, pero murió recitando versos del Cantar de los Cantares, uno de sus libros favoritos de la Biblia en el que se basó para el siguiente poema:

Ya toda me entregué y di,

Y de tal suerte he trocado,

Que mi Amado es para mí

Y yo soy para mi Amado…

Hirióme con una flecha

Enherbolada de amor,

Y mi alma quedó hecha

Una con su Creador;

Ya yo no quiero otro amor,

Pues a mi Dios me he entregado,

Y mi Amado es para mí

Y yo soy para mi Amado.

Si bien la vida monástica ya no es para muchas, Teresa nos enseña acerca de la importancia de un tiempo a solas con el Señor e intensos períodos de búsqueda por medio de la oración y el estudio bíblico.

En el amor de Dios no hay soledad. La vida de convento podía privar a las mujeres de bienes materiales, contacto con otros seres humanos o un matrimonio, pero aquellas que con sinceridad se entregaban a Dios, no se quejaban, ni lamentaban su destino.

Hoy, quizá, contamos con nuevos beneficios y diferentes visiones del mundo, pero solo existe una manera de disfrutar los tesoros celestiales. Únicamente la fe en Jesús dará sentido a nuestras vidas, y ya sea en un convento o un castillo, en una mansión o en un covacha, en una selva o en un desierto, hallaremos que solo Dios basta.

Así lo expresó Teresa:

Nada te turbe,

Nada te espante;

Todo se pasa;

Dios no se muda,

La paciencia

Todo alcanza.

Quien a Dios tiene,

Nada le falta.

Solo Dios basta.

Bibliografía
Foster, Richard y James Smith (editores). Devotional Classics. Renovare, Nueva York. 1993 Galli, Mark (editor). 131 Christians Everyone Should Know (131 Cristianos que Todos Deberían Conocer). B&H Publishing Group, 2000.

Este artículo es parte de la serie La boda del alma. Todos los derechos reservados por la autora.

La autora, mexicana, es escritora y maestra. Su nueva novela, Donají, por Grupo Nelson, trata de una historia de amor en Oaxaca, México. Disfruta leer, escribir y escuchar historias. http:/www.retratosdefamilia.blogspot.com

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Salmo 1:3 RVC