Jesucristo es el Dios que quiso compartir su muerte con nosotros, para que nosotros podamos morir con él y compartir su vida eternamente...
«¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueve en las colinas para ir en busca de la extraviada? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se pondrá más feliz por esa sola oveja que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Así también, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños». Mateo 18.12–14
«Entonces llegaron unos hombres que llevaban en una camilla a un paralítico. Procuraron entrar para ponerlo delante de Jesús, pero no pudieron a causa de la multitud. Así que subieron a la azotea y, separando las tejas, lo bajaron en la camilla hasta ponerlo en medio de la gente, frente a Jesús». Lucas 5.18–19 - NVI
La Navidad nos recuerda del día en que Dios dio a su Único Hijo para que todo el que cree en Él no muera, sino que vaya directamente al paraíso.
«En el año quince del reinado de Tiberio César, Poncio Pilato gobernaba la provincia de Judea, Herodes era tetrarca en Galilea, su hermano Felipe en Iturea y Traconite, y Lisanias en Abilene; el sumo sacerdocio lo ejercían Anás y Caifás. En aquel entonces, la palabra de Dios llegó a Juan hijo de Zacarías, en el desierto». Lucas 3.1–2 - NVI
Lo que vivimos en el plano privado de nuestras vidas incide en nuestras relaciones en el ámbito público.


