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Liderazgo

Me metí demasiado en el ministerio

15 julio, 2005575 visitas

Quedé en estado de shock al lado de la cama sin poder creer el error que había cometido. Había pasado el día entero en el ministerio y en la noche salí con dos hermanos que estaba entrenando en evangelismo. Había regresado a casa en horas avanzadas de la madrugada recordando la charla grata, la visita amena, el gozo de estar sirviendo de lleno al Señor y de palpar los resultados. Pero todo se desmoronó cuando encontré la tarjeta en la mesita junto a mi cama, Mientras mi esposa dormía, leí el mensaje:






«Feliz Aniversario». En ningún momento se me había cruzado por la mente qué día era.


A la mañana siguiente pedí perdón a mi esposa. Ella fue comprensiva, pero noté que la había herido. Me iba a costar un tiempo recuperar su confianza plena. Necesitaba ese golpe para darme cuenta de que estaba demasiado absorbido por el ministerio,


Tal vez eso suena raro para muchos. ¿Cómo puede uno involucrarse «demasiado» en el ministerio?


¿Acaso no nos pidió nuestro Señor aborrecer a padre, madre, mujer, hijos y aún nuestra propia vida, si no, no podíamos ser sus discípulos? En efecto, pero no creo que esto signifique el abandono de las responsabilidades familiares o el desequilibrio de prioridades.


La mayoría de los pastores tomamos muy en serio el ministerio que nos fue encomendado. «Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová» Ur. 48:10). Sin embargo, solemos caer en el otro extremo, es decir, en el funcionamiento compulsivo. Como el alcohólico que ansia la bebida, tendemos a buscar más ministerio. ¿Por qué?


Mi propia experiencia y lo que he aprendido de otros me ha enseñado que el desgaste que sufrimos no es tanto el resultado del compromiso total sino de otros motivos menos altruistas, más sutiles y egoístas. Es difícil analizar los propios motivos. Quizá hemos caído en la trampa de la competencia de tener la iglesia más grande, más evangelistica, más movilizada o cualquier otra cosa con la cual comparar. Puede ser que nos hemos esclavizado a las demandas y expectativas de los hermanos quejosos. A menudo me identifico con Moisés en el desierto. Tal vez mora en nosotros la imperante necesidad sicológica de obtener los cumplidos de quienes, encandilados por las muchas cosas que hacemos, nos canonizan como grandes «siervos de Dios». No sé si todo lo que hacemos es siempre para Él.


Tengo un par de amigos que sufren también este desequilibrio. Guillermo (no es su nombre verdadero: trabaja tiempo completo en un taller, dando de nueve a diez horas diarias al patrón. Sale del trabajo para liderar una iglesia en una vorágine de actividades. Regresa a casa siempre cerca de la medianoche, invierte un par de horas con la familia en la cena, y luego estudia para las predicaciones y la enseñanza.


Duerme solamente un promedio de cuatro horas diarias. A pesar de mis objeciones, Guillermo insiste en que es la única manera de servir al Señor. Yo creo que algo va a ceder probablemente su salud. Ya sufre de ataques de migraña, perdiendo así algunos días de trabajo.


Alberto (tampoco es su nombre verdadero) es otro caso de un hombre dedicado. Es médico de profesión, por lo tanto responde inmediatamente al dolor y sufrimiento de otros. Es uno de los mejores en la ciudad. Pero además tiene altos cargos en su iglesia, en la denominación, y muchas responsabilidades de enseñanza no sólo en su iglesia sino en varias de la zona. Le cuesta decir no a una invitación, Felizmente su matrimonio anda bien, pero sus hijos luchan contra el resentimiento, saldo de un padre que está poco en casa por servir tanto a otros y al Señor.


Cuando leo los evangelios, no veo que el Señor nos muestre esto como ejemplo. El no quiere que descuidemos nuestro hogar para estar absorbidos 100 % en el ministerio. El nos manda ser responsables de nuestros actos. Jesús supo establecer sus prioridades, medir su tiempo, entrenar, delegar, y sobre todo invertir tiempo para estar, a solas con su Padre. No veo en El un ministerio compulsivo, sino uno equilibrado. Pudo decir en la víspera de su muerte: «He acabado el ministerio que me diste» (Jn..17:4). Al contemplar su trabajo, no creo que su definición de ministerio sea la misma que usamos nosotros.


Cuando compro un foco, tengo la expectativa de que va a tener cierta vida durable. No me agrada cuando se quema después de pocas horas de brillar. Sospecho que Dios sufre del mismo sentimiento cuando sus siervos se extinguen por malgastar sus energías en el ministerio y no saber establecer prioridades.


Pablo Wright es rector del Instituto Bíblico Evangélico de Mendoza, Argentina, y pastor de una nueva iglesia en Guaymallén.

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