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Liderazgo

«Mis ojos han visto tu salvación»

28 diciembre, 2009976 visitas

Los padres de Jesús recibieron confirmación adicional sobre la vocación de su hijo cuando subieron a Jerusalén. Primeramente se encontraron con un varón justo y piadoso, quien bendijo a la pareja y describió el rol que cumpliría el Cristo en el futuro de Israel. Aún mientras hablaba con ellos se acercó esta profetisa, Ana, quien también participó de la celebración en torno al nacimiento de Jesús.El gozo de ver a Jesús se sumó a toda una vida de caminar con Dios, por lo que el evento cobró un sentido mucho más profundo de lo que podría comunicar un suceso aislado de la realidad cotidiana. El evangelista ofrece escasos detalles sobre la vida de Ana, pero, aun siendo pocos, describen a una persona con una irresistible belleza espiritual. Esta mujer había pasado la mayor parte de su vida sin su marido. La pérdida de su compañero, sin embargo, no la había incapacitado. Ana se entregó de lleno a servir en la zona del templo, mayormente con ayunos y oraciones, aunque su título de profetisa revela que también ministraba a otros palabras que recibía del Señor.
A ella, como a los pastores, a los magos y a Simeón, también se le concedió que viera al Prometido de Israel. Al igual que los demás, ofreció acciones de gracias y alabanza al Señor cuando contempló al pequeño. También ella percibía, por medio del Espíritu, que la mano de Jehová estaba sobre la vida del bebé y que venían tiempos extraordinarios para el pueblo que tanto tiempo había vivido en tinieblas. Observamos también en ella la misma respuesta que vimos en los pastores. El gozo de conocer la identidad del pequeño la llevó a hablar «de El a todos los que esperaban la redención de Jerusalén».
El encuentro con el pequeño Jesús fue apenas un momento en la vida de esta mujer. No obstante, inmediatamente comenzó a dar testimonio de los tiempos que se aproximaban. El gozo de ver a Jesús se sumó a toda una vida de caminar con Dios, por lo que el evento cobró un sentido mucho más profundo de lo que podría comunicar un suceso aislado de la realidad cotidiana. En este detalle encontramos el ingrediente que más impacto logra a la hora de compartir con otros.
Cuando el testimonio se sale del plano intelectual y expone la experiencia personal de quien está caminando a diario con el Señor, el mensaje posee una pasión y una autoridad que jamás logrará argumentación alguna a favor de Dios. Cuando Cristo ha sido reducido a una rutina religiosa, de la cual se ausenta nuestro corazón, nos vemos obligados a hablar de conceptos que ni siquiera nosotros mismos practicamos. Los quebrantados y desanimados, sin embargo, no andan en busca de una fórmula, sino de una persona que demuestre hacia ellos compasión.
El relato del nacimiento del Cristo termina con el testimonio de Ana. Los grandes momentos de su vida están aún por delante. Todos los ingredientes de su grandeza, sin embargo, estuvieron presentes en su llegada. Su ministerio no será otra cosa que la plena manifestación de los elementos que vemos presentes en los primeros días de su vida. En un olvidado y ordinario establo de Belén comenzó lo que acabaría siendo la más asombrosa historia de todos los tiempos.

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