En las epístolas pastorales, sin duda, podemos encontrar algunas pautas en cuanto a la formación cristiana y el desarrollo de creyentes fieles a su Señor y obedientes a la tarea del Reino. Estas son reflexiones a partir de las llamadas cartas pastorales sobre la práctica pastoral del Apóstol Pablo.
Es verdad que los últimos años de un siglo, y sobre todo, los de un milenio, despiertan un gran entusiasmo espiritual y un renacimiento de la religiosidad en múltiples formas. Lo hemos presenciado nosotros; hemos sido testigos de una sorprendente euforia espiritual. Pero en medio de tanto entusiasmo, se hace necesario discernir los contenidos y sopesar las propuestas.
La teología como teoría de la fe siempre seguirá siendo necesaria hoy quizá más que nunca, pero no suficiente. Pensar teológicamente es luchar por la pertinencia de la fe. Esto tiene que ver con la «teología de todos los días», y es tarea que nos correponde a todos como pueblo de Dios.
Al entrar en el nuevo milenio sería muy positivo que nos concentremos especialmente en estas tres grandes áreas si vamos a ser la iglesia que Cristo Jesús desea: la verdad, la vida o espiritualidad, y la estructura. Cada generación, cada iglesia, y cada persona necesitan luchar en estas tres áreas para poder ser auténticamente cristianas.
A través de nuestro continente encontramos a cientos de cristianos hablando de misiones y orando para enviar misioneros. Muchos de ellos ya están convencidos de que nosotros, los del Tercer Mundo, hemos sido llamados por Dios a cumplir la tarea que falta en este mundo tan trastornado. El desafío está delante de nosotros. Las preguntas que no han sido contestadas son ¿cómo lo lograremos? y ¿cuáles serán los resultados?
La forma en que Jesús trabajó parece poco eficaz en el ambiente de las reuniones multitudinarias que tanto atesoran los líderes de nuestro tiempo. Sin embargo, Jesús no solamente valoraba la vida del individuo, sino que se tomaba tiempo para invertir en cada uno, individualmente. Este estilo de trabajo fue exitoso únicamente gracias a que Cristo estuvo dispuesto a involucrarse profundamente con las personas.




