La a iglesia, ¡qué gran invento de Dios! ¡Qué misterio multifacético! Y cuánto bien ha hecho, cuánto oro para el adelanto del Evangelio. Pero también, cuánto dolor, cuánta tristeza y conflictos hemos experimentado en su seno.
El creyente y la iglesia siempre corren el gran peligro de suponer que su causa y sus acciones son santas y que están absolutamente identificadas con Cristo. En otras palabras, que su causa es únicamente la de Cristo y que el sufrimiento padecido es por maldad de otros.
Una clara comprensión de la manera en que funcionan los grupos en la iglesia del primer siglo, puede librarnos de mucha frustración y guiarnos en nuestra visión y percepción del ministerio.
Dios quiere salvar pecadores, pero ha escogido trabajar a través de nosotros, que constituimos la traba más grande para el evangelismo. Al contemplar nuestra realidad me gustaría sugerir algunos conceptos.
Volver al judaísmo equivale a negar la obra admirable de Dios en su Hijo Jesucristo y robarle la gloria por lo que él ha hecho y por nuestra relación tan privilegiada delante de él. Este es un reto a disfrutar del glorioso nuevo pacto del cual somos ministros de vida y a dejar de distraernos con las sombras del pasado que fueron únicamente la preparación para lo que hoy tenemos el privilegio de disfrutar.
Servir a Dios no es imposible pero sí es complejo y difícil. Hay dos facetas de dificultad y complejidad. Aunque trabajamos con un pueblo complejo y pecador servimos a Dios que es compejo pero santo y perfecto. Las lecciones que nos deja la historia sagrada: 1) buscar personas idóneas que nos ayuden en la batalla, 2) aunque el pueblo fracase y sea pecador, como Dios, el siervo debe perseverar en su tarea con mansedumbre, paciencia y amor.




