Han surgido muchas definiciones sobre el matrimonio. Entre ellas se ven algunas formuladas según la conveniencia del individuo, de tal modo que puedan favorecer la ausencia de un compromiso permanente hacia el cónyuge. Este sinnúmero de conceptos nos obliga a revisar la declaración de Dios acerca del matrimonio. El autor nos ofrece un estudio cuidadoso de la misma en los cuatro pasajes bíblicos en los que se menciona.
Para muchos matrimonios el área de mayor conflicto son los hijos. Cuando en algunos los hijos son el factor unificador en otros son el elemento que provoca mayores desacuerdos. Esta serie trata las áreas importantes donde la unidad puede ser afianzada u obstaculizada. El tema se ha diviso en cinco artículos, a partir de este segundo artículo se estudian los principios bíblicos que Efesios 6.4 da para unificar los criterios que gobiernan la crianza de los hijos.
Muchos padres enfrentamos una misma paradoja: Estamos divididos entre nuestro amor protector y feroz por los niños con el deseo de amarlos más que nunca y buscar la forma de aligerar un poco su propio sufrimiento de tener una familia mutilada y nuestro deseo desesperado de vernos libres de ellos por algún tiempo. ¿Está bien esto?
Entre hombres y mujeres hay diferencias estructurales en su psicología, más allá de sus anatomías. Comprender las diferencias que hay entre los dos géneros ayuda en gran manera para la vida diaria, la comunicación en la pareja y el trabajo pastoral. Las diferencias que el autor plantea no son evaluativas sino descriptiva; no señalan la calidad ni determinan los roles de los hombres y las mujeres.
En Deuteronomio 6.6-7 Dios formula las instrucciones para toda la nación de Israel: «Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes».
Toda confrontación involucra sufrimiento y el consejero debe conocer las clases, los propósitos, y cómo responder a los sufrimientos a fin de ofrecer una consejería bíblica. El consejero bíblico no ignora el sufrimiento y no "canta canciones" al corazón afligido (Pr. 25.20), sino que lo encara en el contexto de la Palabra de Dios.


