La Biblia nos enseña que las medidas disciplinarias deben aplicarse con justicia y sin ningún tipo de precipitación o apresuramiento. El dominio propio es para moderar nuestros impulsos, y evita que en nuestro deseo de servicio caigamos en el error de exagerar el sentido de la disciplina.
Es interesante notar que tanto en la vida cristiana como en la profesión del ministerio se entrecruzan infinidad de veces la tensión entre la forma y la esencia, el ritualismo y la espiritualidad, lo importante y lo accesorio. El protestantismo, y más aun la iglesia evangélica propiamente dicha, ha resultado, en más de cinco siglos de existencia, en una indiferencia casi total a las estatuas, símbolos, cruces y demás elementos ritualistas físicos.
En gran parte de su historia el cristianismo ha sido inflexible y severo. Y la causa o razón ha sido la misma: un concepto indigno, o un punto de vista inadecuado de Dios. ¿Cuál es el concepto que usted tiene de Dios? ¿Cómo lo percibe? El autor A. W. Tozer nos indica que depende del concepto que tengamos de nuestro Padre, así seremos nosotros. Entonces surge la pregunta, ¿cómo es Dios para usted?
Fue Albert Einstein quien, al descubrir algunos de los grandes misterios del universo, se dio cuenta de la gran disparidad que hay entre nuestro pensar y el pensamiento de Dios. El reconoció la necesidad de una «metamorfosis mental». Einstein dijo: «Quiero pensar los pensamientos de Dios tras El, pues todo lo demás es detalle». Reconoció lo que Isaías había aprendido 2.500 años antes, que los pensamientos de Dios no son como los nuestros, ni los caminos de Dios parecidos a los de nosotros (Is. 55.8).
A raíz del rechazo del Reino por parte de Israel, Jesús inicia un nuevo programa no previsto en el Antiguo Testamento: la Iglesia. Dentro de esta perspectiva, la Iglesia no es la comunidad mesiánica final. No es el pueblo de Dios prefigurado por el Israel del Antiguo Testamento...
El siguiente artículo es la segunda parte de una reflexión que nos insta a autoanalizarnos y a revisarnos para ver si somos pobres en espíritu. Además, nos empuja a reflexionar nuestra actitud hacia las posesiones materiales. ¿Estamos poniendo nuestra confianza en Cristo Jesús o en nosotros mismos y nuestras riquezas?


