He reflexionado en numerosas ocasiones acerca de por qué Dios no siempre responde en la forma en que pedimos. Todavía no tengo una solución. Todo lo que sé es que él quiere que sigamos hablando con él y que no oremos al aire.
Deberíamos poder distinguir entre el paraíso que prometió Jesús al ladrón colgado de la cruz y el reino de Dios.
No todos los que acercan a Dios son sanados. Debemos, en la Iglesia, decidir cuál será nuestra respuesta ante aquellos que siguen, día a día, bajo el sufrimiento.
La experiencia del Mar Muerto nos enseña entonces que el dar, luego de recibir, es un proceso vital necesario que permite mantener la frescura de nuestro corazón.
Los líderes de adolescentes han de esforzarse por ser emocionalmente significativos para ellos. Esto último será la puerta que les abra el corazón de los chicos y chicas.
En Mateo 23, Jesús deja en claro que la popularidad de un estilo de trabajo no necesariamente le otorga legitimidad.


