Una Enseñanza Magistral
Nuestra tendencia a separar lo espiritual de lo no espiritual nos ha llevado a mirar con cierto desprecio las tareas más ordinarias de la vida cotidiana. En ocasiones hasta habremos apresurado la realización de algún quehacer doméstico para que nos quede más tiempo para las actividades que consideramos más «productivas», como la lectura de la Palabra, la oración o el asistir a alguna reunión de la iglesia. Cristo, en la escena de hoy, revela que aun las tareas más insignificantes pueden estar cargadas de significado espiritual. La diferencia no se encuentra en la faena, sino el corazón de quien la realiza.
Jesús no podía alterar en nada el curso que el Padre había trazado para su vida, ni podía asegurar algún tipo de beneficio personal en su decisión de lavarle los pies a los suyos. No obstante, se entregó a esa tarea con el mismo amor y la misma ternura que lo habían caracterizado durante sus tres años de servicio. Su actitud revela la más pura expresión del servicio, aquella prestación que está libre de alguna expectativa de un beneficio personal, «no esperando nada a cambio» (Lc 6.35).
Hemos de notar, a la vez, que el amor hacia los que nos rodean tiene aspectos sumamente prácticos. Es común entre nosotros las expresiones verbales de nuestro cariño mutuo, las cuales son necesarias y buenas. Mas el amor también identifica las oportunidades reales que se prestan para su demostración. En ocasiones estas oportunidades pueden ser tan ordinarias como el ver que los pies de nuestros compañeros están sucios. Se traduce, entonces, en una acción concreta que requiere levantarse de la cena, llenar una vasija con agua, tomar una toalla y comenzar el proceso de lavar los pies. La sorpresa de los discípulos revela la eficacia del impacto que tan sencillo gesto puede producir.
Cristo era absolutamente consciente de que había entregado una valiosa lección, prácticamente sin usar palabras. Quedaba, ahora, que ellos incorporaran a sus vidas la misma actitud. Frente a su preocupación en precisar quién era el más grande entre ellos, Jesús acababa de demostrarles que la grandeza en el reino tiene otra cara, una completamente diferente a la de la grandeza entre los hombres. Solo pueden ejercitar esta clase de grandeza aquellos que se sienten absolutamente seguros de su posición delante del Padre y entienden que no pierden nada al escoger el camino de la humildad.
Por: Christopher Shaw, Director General de Desarrollo Cristiano Internacional. Producido y editado para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2003-2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

