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Ministerio

Una Enseñanza Magistral

23 febrero, 2013Desarrollo Cristiano1318 visitas
Sofonías 13:1-15

Nuestra tendencia a separar lo espiritual de lo no espiritual nos ha llevado a mirar con cierto desprecio las tareas más ordinarias de la vida cotidiana. En ocasiones hasta habremos apresurado la realización de algún quehacer doméstico para que nos quede más tiempo para las actividades que consideramos más «productivas», como la lectura de la Palabra, la oración o el asistir a alguna reunión de la iglesia. Cristo, en la escena de hoy, revela que aun las tareas más insignificantes pueden estar cargadas de significado espiritual. La diferencia no se encuentra en la faena, sino el corazón de quien la realiza.Solo pueden ejercitar esta clase de grandeza aquellos que se sienten seguros de su posición delante del Padre y entienden que no pierden nada al escoger ser humilde. La decisión de lavar los pies a sus discípulos está cargada de significado eterno. Juan narra que Jesús sabía «que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre» (v. 1) y que «el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que lo entregara» (v. 2). Además de esto, Jesús también era consciente de que «el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba» (v. 3). Lo interesante, sin embargo, es que las profundas connotaciones de este momento no afectaron para nada su conexión con el mundo real y palpable de todos los días. Es decir, su espiritualidad no lo llevó a perder contacto con lo cotidiano, sino que le ofreció el marco para que su presencia en el mundo fuera de mayor impacto.
Jesús no podía alterar en nada el curso que el Padre había trazado para su vida, ni podía asegurar algún tipo de beneficio personal en su decisión de lavarle los pies a los suyos. No obstante, se entregó a esa tarea con el mismo amor y la misma ternura que lo habían caracterizado durante sus tres años de servicio. Su actitud revela la más pura expresión del servicio, aquella prestación que está libre de alguna expectativa de un beneficio personal, «no esperando nada a cambio» (Lc 6.35).
Hemos de notar, a la vez, que el amor hacia los que nos rodean tiene aspectos sumamente prácticos. Es común entre nosotros las expresiones verbales de nuestro cariño mutuo, las cuales son necesarias y buenas. Mas el amor también identifica las oportunidades reales que se prestan para su demostración. En ocasiones estas oportunidades pueden ser tan ordinarias como el ver que los pies de nuestros compañeros están sucios. Se traduce, entonces, en una acción concreta que requiere levantarse de la cena, llenar una vasija con agua, tomar una toalla y comenzar el proceso de lavar los pies. La sorpresa de los discípulos revela la eficacia del impacto que tan sencillo gesto puede producir.
Cristo era absolutamente consciente de que había entregado una valiosa lección, prácticamente sin usar palabras. Quedaba, ahora, que ellos incorporaran a sus vidas la misma actitud. Frente a su preocupación en precisar quién era el más grande entre ellos, Jesús acababa de demostrarles que la grandeza en el reino tiene otra cara, una completamente diferente a la de la grandeza entre los hombres. Solo pueden ejercitar esta clase de grandeza aquellos que se sienten absolutamente seguros de su posición delante del Padre y entienden que no pierden nada al escoger el camino de la humildad.

Por: Christopher Shaw, Director General de Desarrollo Cristiano Internacional. Producido y editado para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2003-2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

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