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Ministerio

Mi vida por mis ovejas

24 febrero, 2013Desarrollo Cristiano1426 visitas
Sofonías 10:17-18

El texto de hoy pone de manifiesto que el verdadero protagonista de los eventos que culminaron en la muerte del Cristo, es Jesús mismo. No obstante, la mayoría de los que participaron de las últimas horas de vida de Cristo no pudieron evitar la sensación de que en realidad eran ellos los protagonistas de esta historia.
En primer lugar se ubican «la corte romana y varios alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos» que llegaron con linternas, antorchas y armas para arrestar a Jesús. La traición de Judas, que precipitó su apresamiento, lo une a este grupo de nefastos personajes. Ellos habían decidido, finalmente, intervenir para ponerle fin a la intolerable impertinencia religiosa de Jesús. El uso de soldados y cadenas para subyugarlo, como también la farsa de un juicio ante el Sanedrín, revelan el grado de desesperación al que habían llegado, dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para «imponer» su proyecto sobre el pueblo. Ignoraban que eran apenas instrumentos para algo que había sido decidido en los inicios mismos de la historia.Su paso por la cruz revela el principio que sostiene la vida en el reino: una vida entregada al Señor pertenece solo al Señor. En segundo lugar encontramos a Pedro, siempre el más atrevido e impulsivo del grupo de discípulos. Movido por el afán de salvar a su Señor de los terribles hechos que se precipitaban, sacó su espada «e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha». Quién sabe qué pretendía lograr con esto, pero resulta claro que decidió «tomar en sus manos» la defensa de Cristo. Jesús no aprobó la acción y declaró: «La copa que el Padre me ha dado, ¿acaso no la he de beber?» Ni las mejores intenciones de los hombres podían conseguir que el Hijo desistiera ni se desviara del compromiso de sujetarse absolutamente a la voluntad del Padre.
En tercer lugar hallamos a Pilato y a los soldados que ejecutaban sus órdenes. El gobernador de Judea estaba convencido de que el destino del Galileo estaba en sus manos. El hombre estaba acostumbrado a que la palabra final en los asuntos de Jerusalén la dictaba él, y con esa convicción interrogó al prisionero. Ante el silencio de Jesús insistió: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?» Su deseo de ayudar no logró más que esta enigmática declaración: «Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no te hubiera sido dada de arriba.»
Quizás la muerte de Cristo sería más explicable, en términos humanos, si todo indicara que fue víctima de las circunstancias y la maldad de los hombres. En este cuadro, lo inspirador resultaría ser la nobleza de su respuesta ante semejante injusticia. Los evangelios, sin embargo, no avalan este cuadro. Más bien Jesús había escogido el camino que debía recorrer y los hombres que lo acompañaron, en sus diferentes roles, no fueron más que testigos de su entrega. El que más parecía ser víctima fue, en realidad, forjador de su propio destino. Su paso por la cruz revela el principio que sostiene la vida en el reino: una vida enteramente entregada al Señor pertenece solamente a un dueño, Dios.

Por: Christopher Shaw, Director General de Desarrollo Cristiano Internacional. Producido y editado para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2003-2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

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