La presencia o ausencia de condiciones paliativas externas (un familiar, un maestro, etc.) pueden influir notablemente en el comportamiento de un niño. Las experiencias subsiguientes tenderán a corregir o suavizar los daños anteriores o tal vez otorgarán un marco de fomento para una mayor desviación.
Como líder he visto algunos de los peores matrimonios; como hombre casado he experimentado el mejor. Sin embargo, observación y experiencia no son suficientes. Es necesario acercarnos a la Palabra para aprender cómo debe ser el modelo de matrimonio que Dios nos propone y verificar nuestros conceptos, ya sea que los hayamos desarrollado a través de la observación o la experiencia.
Cuando una pareja se acerca al pastor para pedirle que oficie una ceremonia de bodas, se abre una importante ocasión para el ministerio de consejería prematrimonial. Mucho para evaluar y buen tiempo para prevenir.
Vivir con un niño hiperactivo puede ser una carga. Los padres aprenden pronto la terminología y las teorías, pero todo eso sirve de poco en el trato diario con un niño especial. No hay enciclopedia que diga cómo satisfacer cada necesidad. Dios le dio a los padres la responsabilidad final.
Los padres más «buenos» no son aquellos que logran en su casa un lugar tan cómodo que sus hijos no desean irse y desarrollar sus propias vidas, sino los que han preparado a sus hijos de tal modo que pueden ser adultos autónomos, con identidad definida como para saber actuar fuera de la familia.
Una profunda unidad en la pareja solo puede lograrse cuando existe una buena comunicación, por eso, es fundamental que un matrimonio reconozca la importancia de fomentarla y los principios que conducen a ella. Este es el segundo artículo de la serie «Hablar, callar y escuchar: Principios para la comunicación que conduce a la unidad en el matrimonio». La serie reflexiona sobre tres principios básicos de la buena comunicación aplicados a la vida conyugal. Este segundo artículo cubre el principio del autocontrol.


