Conviene a los hijos de Dios un espíritu sereno y apacible, porque no es nuestro esfuerzo el que logra los resultados.
Es mediante el servicio a otros que se aprende a ser líder.
Solamente el ejercicio de la vida espiritual agudiza nuestros sentidos para percibir a Dios.
Como líderes tenemos la responsabilidad de modificar periódicamente la manera en que practicamos nuestras celebraciones.
El obrero sabio sabe distinguir entre las cosas que son realmente necesarias para su ministerio.
El líder maduro va a buscar siempre lo que más le conviene a su gente, aun cuando esto le quite «prestigio» a su propio ministerio.


