La historia valerosa de un mártir osado e intrépido de la reforma española.
Anoche me llamó un colega. Había visitado la iglesia de un pastor amigo suyo y mío y estaba preocupado. Lo había escuchado predicar y pasó lo mismo que otras veces: siendo un gran maestro de la Biblia, estaba retrocediendo en sus predicaciones; cada vez hablaba menos de Cristo y más de otras cosas. En el éxito del ministerio, había perdido el Agua de la Vida...
El ser humano tiene la capacidad de comunicarse con sus semejantes. Se afirma con propiedad, incluso, que la misma posibilidad de hablar está condicionada por el hecho de dirigirse a alguien y de recibir de vuelta una respuesta...
«¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están. Pero, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta... Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el bautista» (Mt. 11:7-11).
Cada pastor necesita comprender que puede planear cómo terminar con una etapa de su ministerio: la puede concluir de una manera optimista, positiva y redentora, o de un modo pesimista, destructivo y antagónico. De él depende la elección, y vivirá con ella por el resto de su vida.
Juntamente con la integridad, el pastor gana respeto siendo competente en lo que hace. Una de las mejores maneras de exhibir este atributo y así ganar el respeto de la congregación es siempre llegar al púlpito preparado.


