Esconder los sentimientos en el matrimonio es un juego peligroso, pero tan común que muchas veces no se le concede la importancia debida. Quizás te sorprenda saber en cuántas diferentes formas el temor mantiene al marido y a la mujer alejados de esa relación íntima que ellos desearían tener. Todas hemos experimentado ese deseo de conservar nuestra individualidad y, al mismo tiempo, sentirnos unidas con nuestro esposo. En el mismo suspiro decimos: «abrázame, ¡pero no demasiado fuerte!»
El amor no trata de salirse siempre con la suya, no es irritable, ni quisquilloso. (1Co. 13.5, La Biblia al día)
El tema de amistad masculina/femenina entre personas casadas es acaloradamente discutido hoy en día entre muchos cristianos. Algunos aconsejan esta relación ingenuamente y sin precaución. Otros dicen que es pecaminoso tener este tipo de relación en cualquier nivel. La autora nos comparte que la verdad se encuentra en alguna parte entre las dos opiniones.
Tal como dice Efesios 4:6, el Señor está «sobre todos y por medio de todos y en todos.» Frente a una declaración tan amplia, no queda duda de que todos sus seguidores, sean hombres o mujeres tienen la responsabilidad de permitir la acción de Dios en el mundo a través de sus propias vidas.
Nosotras, las mujeres, hemos vivido alguna vez la misma triste experiencia que Eva, la primera mujer (Gn 3.1-12); sufrimos las consecuencias del engaño. Algunas veces sufrimos el engaño directo hacia nosotras. Y otras veces resultamos víctimas al escuchar una mentira acerca de alguien. ¿Quién te ha engañado, amiga? ¿De quién has sufrido una desilusión? ¿De un hombre tal vez, de una mujer quizás; una amiga o amigo; una hermana o hermano de la iglesia en quien confiabas?
Porque podemos confiar en que nuestro Dios puede sosegar todo conflicto, la mujer creyente debe sentirse fuerte y no dejarse atrapar por la miserable y devastadora autocompasión.


