Nadie se convierte en discípulo por estar merodeando alrededor de la persona de Jesucristo sin haber asumido un verdadero compromiso con él.
Cuando las circunstancias nos invitan a la preocupación, la ansiedad y el afán, debemos aceptar el desafío de disfrutar de Dios.
Al añadir a una tercera persona, me pareció que el Espíritu Santo actuaba entre nosotros de una forma que daba vida, transformaba, y establecía los cimientos para la multiplicación.
Ciertamente el ministro que aspira a impactar a otros deberá ser, primero, un hacedor de la Palabra.
La iglesia necesita con toda urgencia volver a captar su misión original de hacer discípulos, creando ambientes de intimidad y relaciones que produzcan multiplicación y transformación.
Dios no espera de aquellos que están ocupados en los asuntos del reino que contabilicen los recursos que ven al alcance de las manos.


