¿Cómo podremos recuperar la pasión evangelizadora que debería caracterizar a cada discípulo de Cristo?, volviéndonos a él. Compartamos con él nuestra preocupación porque ya no nos conmueve el tormento que sufren los que están sin esperanza. Confesemos ante él nuestra indiferencia...
Hemos recibido el llamado a enseñar, exhortar y animar a nuestras congregaciones a que compartan las buenas nuevas. Nuestros mejores esfuerzos, sin embargo, no verán fruto hasta que nosotros incorporemos la evangelización a nuestra tarea pastoral.
El empleo de pruebas psicológicas en el proceso de selección y el uso de la psicología en el cuidado del personal misionero deben entenderse como herramientas de ayuda, y no como la opinión última del proceso de selección.
Solo porque los hermanos de su iglesia se sienten intimidados ante el concepto «evangelizar» no significa que no puedan contagiar a otros con su fe. El autor comparte su experiencia cuando descubrió cómo guiar a la iglesia que pastoreaba la cual, aunque deseaba alcanzar a otros para Cristo, se sentía inválida ante la tarea evangelizadora.
Sin pasar por alto que los tradicionales métodos de evangelización y edificación siguen vigentes, el autor desarrolla cómo hacer posible el discipulado mediante la descentralización de la iglesia.
En el año 1954, para ser más preciso en el mes de junio, a los 18 años y por primera vez entraba en un templo evangélico. Tenia todos los temores propios de un judío; temor a encontrarme con un grupo de antisemitas, que me acusaran de que mis antecesores mataron a Jesús, etc. Este es el pensamiento en general de los judíos. Tenia temor a que algún Goin (un no judío, algún gentil) se burlara de mí por ser judío, temor a que me obligaran compulsivamente a "convertirme al cristianismo", como lo recuerda aún todo judío que vivió los tiempos de la inquisición en España, en 1492. Entonces, la reina Isabel ("la Católica"), instigada por su sacerdote confesor Torquemada, obligaba a los judíos a escuchar los sermones en las iglesias católicas y los obligaban a cristianizarse. Debían abandonar su judaísmo o eran expulsados de España y otros países, confiscándoles todos sus bienes. Muchos judíos sefardíes salieron de España, otros simularon convertirse (a éstos se los llamaba "marranos"). ¡Cuántas desconfianzas y barreras; cuánto rencor y resentimiento arrastra cada judío "en su aguda tradición oral de los 2.500 años de antisemitismo"! Contrariamente a lo que esperaba de los goins, mi sorpresa creció cuando escuché el sermón; hablaba de Isaac, como se llamaba mi abuelo, de Ester, como mi abuela. La experiencia mayor me cuando recitaron "Romanos 1.16: "porque no me avergüenzo del evangelio porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primeramente y también al griego"


