Caminando con él alcanzaremos el mismo estado de fortaleza que él posee, una fuerza que descansa, insólitamente, sobre una actitud de mansedumbre y humildad.
La acción de tomar el yugo de Cristo no es solamente que él alivie la carga.
Cuando no existe la capacidad de inocente asombro, aún la manifestación más abundante de señales no será percibida.
La razón es que la fe no descansa sobre las señales externas, sino en una convicción interna.
El Señor insiste en «instalar su carpa» cerca de la nuestra.
Al hacerse como uno de nosotros, logra cerrar la brecha que nos separa de él y consigue presentar una vida nueva.


