Necesitamos examinar nuestro corazón como siervos y evaluar la disposición. El pueblo se alimentará de lo que llena nuestro corazón. ¿Cómo responderemos en el momento en que tengamos que salir de donde estamos y entregar a otro lo que Dios en su misericordia nos ha permitido operar?...
Al acercarnos más a nuestra propuesta de un concepto, encontramos en el diccionario que integridad se relaciona con ser recto, intachable, como aquello a que no falta ninguna de sus partes.
Nunca se me ocurrió que alguna vez me involucraría en algo espiritualmente destructivo; sin embargo, eso es exactamente lo que había sucedido cuando alcancé el nivel espiritual más bajo en mi ministerio pastoral. ¿Cómo pude dejar que las cosas fueran tan lejos?
¿No le suena risueño cuando son pastores los que oyen el anuncio de los ángeles en Belén o cuando es un grupo de mujeres que descubre una tumba vacía fuera de Jerusalén? Cuando se analiza la forma en que Dios se ha manifestado en algunas ocasiones con respecto al comportamiento humano, se descubre un sentido sano del humor.
Ocurrió hace años, durante una de mis primeras predicaciones. En un pasaje del sermón señalé algo que estaba a mi derecha y todos los ojos se fijaron en aquel objeto. ¡Qué fantástico!, pensé. Puedo hacer eso con todas estas personas. Ese momento marcó el principio de mi conocimiento acerca de las peculiares tentaciones a las que se enfrenta el predicador.
Observé que no es un problema de los pastores solamente. Muchos cristianos nos compartieron que ellos lo padecen también. Deglutimos falsa doctrina, rehusamos preguntar, esquivamos confrontar, sofocamos las protestas, nos mantenemos callados cuando debiéramos hablar, permitimos que nos manipulen, todo porque tememos que las personas no nos acepten si no las complacemos.




