En la mayoría de nuestras iglesias se puede apreciar la abundante actividad de las mujeres. Igual que las mujeres en el Nuevo Testamento, tenemos el gran deseo de servir al Señor y ministrar a la familia de Dios.
Al margen de lo útil que podamos ser en la obra, o de cuánto Dios bendiga nuestros ministerios...el reconocimiento es del Señor, no nuestro; la gloria es suya, no para nosotros; y la alabanza que le corresponde a Dios sólo le corresponde a Él. No importa lo mucho que nos puedan respetar o lo prósperos que seamos, ni cuánta influencia tengamos...
De todos los predicadores y ministros que jamás hayan vivido, Charles H. Spurgeon estaba entre los más coloridos. También estaba entre los más prolíficos... entre los más controversiales... entre los más elocuentes... entre los más preparados... y podríamos continuar.
La Biblia está llena de grandes mujeres. A lo largo de toda la historia del tiempo, marcha una sucesión interminable de mujeres valientes y de visión, de mujeres virtuosas, de mujeres abnegadas.
Cuando se habla de ministerio femenil la mente sólo se ubica en el servicio que las mujeres dan a mujeres. La mayoría de las veces se limita a una asistencia de carácter eclesiástico, que persigue velar por las mujeres en el área espiritual.
Son varias las maneras en que una mujer llega a convertirse en la esposa de un pastor




