Para vivir nuestra vida cristiana, necesitamos depender de un Dios poderoso y aventurero. Él es la única fuente de fortaleza. Recordemos que él nos enseña cómo ser productivos sin perder nuestro equilibrio.
Tenemos que aprender, como dice aquel viejo proverbio, que mejor que darle pescado a la gente es enseñarles a pescar. Si usted le da pescado a alguien, lo va a alimentar por un día. Pero si le enseña a pescar, esta persona va a poder alimentarse a sí misma por el resto de su vida.
El liderazgo debe actuar siempre como un elemento integrador y motivador del grupo. De modo que si los líderes están unidos el grupo tenderá a lo mismo.
Andar en el Espíritu no es hacer de los creyentes una suerte de «idiotas útiles», sino amar y defender la vida, promover y practicar justicia, defender el derecho y tejer espacios de solidaridad humana en los que todos sean valorados y tratados como imagen de Dios.
Como formadores de vidas el Señor nos llama a prestar más atención a nuestro andar personal que a los apuntes que queremos compartir con los que están a nuestro cargo.
¿Por qué es que Dios permite estas cosas? Más específicamente, ¿por qué es que la adversidad ataca tantas veces a los creyentes?


