Lo que vivimos en el plano privado de nuestras vidas incide en nuestras relaciones en el ámbito público.
Toda actividad tiende a convertirse en rutina después de un tiempo, y la rutina adormece el espíritu.
No podemos cambiarle la vida a nadie, pues no poseemos la capacidad de transformar los corazones.
El problema no está en tener sentimientos depresivos sino en que ellos controlen mi conducta.
Cuando aprendemos a descansar en Dios nuestro esfuerzo se ve siempre recompensado.
Debemos tener esa particular disposición a dar gracias siempre por lo que uno ha recibido.


