Tradicionalmente la iglesia ha afirmado que su lucha es contra el mundo, la carne y el diablo. A finales del siglo XIX, como resultado de la influencia del modernismo teológico, se comenzó a dar menos importancia al diablo hasta el extremo de negar su existencia. A finales del siglo XX se produjo una reacción hacia el otro extremo y se atribuye casi todo el mal al diablo. Nuevamente la guerra espiritual se redujo, esta vez a una lucha contra el diablo y sus demonios.
Los creyentes somos nación santa y real sacerdocio. Somos elegidos por Dios y por tanto debemos marcar la diferencia en este mundo. El presente artículo nos enseña que como nación de sacerdotes estamos llamados a ser evangelistas, ministros de sanidad, misioneros y profetas. Un llamado para sanar un mundo enfermo y necesitado del amor y del poder de Dios.
Servir a Dios no es imposible pero sí es complejo y difícil. Hay dos facetas de dificultad y complejidad. Aunque trabajamos con un pueblo complejo y pecador servimos a Dios que es compejo pero santo y perfecto. Las lecciones que nos deja la historia sagrada: 1) buscar personas idóneas que nos ayuden en la batalla, 2) aunque el pueblo fracase y sea pecador, como Dios, el siervo debe perseverar en su tarea con mansedumbre, paciencia y amor.
En la presente era de la tolerancia intelectual y el ecumenismo, a menudo se considera que no hay lugar para las convicciones firmes. Sin embargo, Jesucristo entró en controversias con aquellos que estaban desvirtuando el verdadero mensaje de Dios.
Un dicho popular dice: «Cuando veas las barbas de tu vecino arder... pon las tuyas en remojo». La sabiduría del pueblo está llena de chispa criolla. Lo que implica este refrán es: Si alguien cerca de mí está experimentando una situación confrontadora o reveladora por una actitud u hecho igual al que yo me he reservado...
El enemigo, a lo largo de la historia, ha recurrido básicamente a tres trucos ingeniosos. Uno, hacer que la iglesia crea que el diablo no existe; dos, lograr que la iglesia esté obsesionada con el diablo y los demonios; tres, lograr que la iglesia crea que no puede ser engañada.


