Como la necesidad espiritual solamente puede ser saciada al entrar en intimidad con Dios mismo, la misericordia es fruto del hambre y sed de justicia.
La esencia de la vida espiritual no la definen las actividades que realizamos sino la calidad de la relación que tenemos con Dios.
El sufrimiento es una de las marcas que distingue y confirma la condición de discípulo.
Para seguir a Jesús debemos darle la espalda a aquello que, en otro tiempo, considerábamos bueno e importante.
Son hijos de Dios aquellos que se interesan y están involucrados en proyectos del Padre.
Nunca debemos considerar nuestro aporte como insignificante cuando ha sido puesto a los pies de Cristo.


