Toda actividad tiende a convertirse en rutina después de un tiempo, y la rutina adormece el espíritu.
No podemos cambiarle la vida a nadie, pues no poseemos la capacidad de transformar los corazones.
La vida espiritual no se desarrolla en el plano de lo extraordinario, sino en el de lo ordinario.
Si Dios irrumpe en la vida de alguien, será con la persona que está ocupada en ser fiel en el lugar donde ha sido ubicada.
Es incomparable la belleza de una vida que es genuinamente espiritual y humana a la vez.
Cuando existe un intenso deseo de hacer lo que es bueno, Dios mostrará, por el medio que él escoja, el camino a seguir.


