El poco esfuerzo que demandan las formas externas desvia el corazón de la práctica de la devoción.
Nuestro compromiso con Dios nunca puede ser tal que termine dañando a otros.
Como líderes tenemos la responsabilidad de modificar periódicamente la manera en que practicamos nuestras celebraciones.
Frente a las necesidades de la comunidad, nos conviene más estar dispuestos a escuchar las instrucciones del Señor.
Las multitudes nunca fueron para el Señor una medida de su identidad y valor de su ministerio.
La salud del lider determina su impacto en la vida de los demás.


